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miércoles, 29 mayo, 2024

    En el país de la Alegría….

    Cuando el alma se purifica de sus afecciones experimenta la alegría.

    Dice el Salmo 62: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. ¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios… mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene”. El anhelo del alma de estar unida a Dios, de vivir en su presencia, es algo que no podemos ignorar. Ahora, para que esa unión se realice, insisten algunos maestros de espiritualidad, es necesario que el alma se purifique. En otras palabras, el alma está llamada a trabajarse para alcanzar esa disposición necesaria que le permita, como diría San Juan de la Cruz, “gozar del dulce encuentro”. Algunos autores, piensan que Dios, en su infinita bondad, concede su gracia a quien desea, sin necesidad de hacer grandes esfuerzos y soportar las dificultades propias de un trabajo de crecimiento interior. Platón, el filósofo griego, en su libro Fedón, insiste en la purificación del alma, sí quiere alcanzar el objeto de su deseo. Según Dante, autor de la divina comedia, “el fin del ser humano es alcanzar la divina sabiduría”. Tanto Platón como Dante nos dicen: mientras el alma esté impura, manchada, no podrá contemplar la verdad. San Ignacio de Loyola nos recuerda: Para conocer la voluntad de Dios es necesario dar orden a nuestro mundo afectivo.

    La sabiduría divina nos envía la ayuda que necesitamos para que el camino de purificación sea un camino de gozo, antes que un proceso doloroso y, por esa razón, termine siendo abandonado. En el camino de purificación del alma, necesitamos contar con la presencia de un acompañante experimentado que nos anime, por un lado y, por el otro, evite que nos distraigamos y confundamos. A quien se dispone, la misma sabiduría divina le envía el acompañante adecuado. En la divina comedia, Beatriz, la sabiduría divina, envía a Virgilio para que acompañe el paso de Dante por el infierno y el purgatorio. Ambos estados, son la imagen del proceso que el alma debe realizar para entrar en el cielo. El infierno es la imagen del dolor profundo y permanente, el purgatorio es la imagen de la purificación, de lo que el alma necesita soltar, desapegarse, para tener el corazón dispuesto sólo para Dios. El cielo es la imagen de la plenitud, de la sabiduría divina, del conocimiento de Dios como es y de nosotros, como somos realmente. Según la interpretación literaria, “Virgilio representa, en la Divina Comedia de Dante, el enviado de la sabiduría divina para que sea el guía de Dante a través del Infierno y del Purgatorio. Virgilio le muestra a Dante todos los círculos y los castigos que se reciben en cada uno de ellos. Virgilio no sólo es guía, también cumple un papel de protector, evita que Dante sea destruido por los diferentes monstruos que aparecen a lo largo de su recorrido por el infierno”.

    En la actualidad, se percibe un llamado a cuidar del alma, a volver hacia ella. Nos dice un autor que se nombra Cincinela del Carácter: “Debemos volver a hablar del alma, la verdadera esencia de nuestro ser, sin importarnos las concepciones mecanicistas que nos obligan solo a mirar aquello que percibimos por nuestros sentidos”. Las realidades del alma escapan a la experimentación, a la medición, a la comprobación, son captadas mediante la disposición fenomenológica, la capacidad de ver cómo se manifiestan sin hacer juicios. San Agustín nos enseña: “El alma examina las cosas por sí misma, su interés está en lo que puro, eterno, inmortal, inmutable; Y como es de la misma naturaleza, se une y estrecha con ello cuanto puede y da de sí su propia naturaleza. Entonces cesan sus extravíos, se mantiene siempre la misma, porque está unida a lo que no cambia jamás, y participa de su naturaleza; Y éste estado del alma es lo que se llama sabiduría.” El alma sabe, nos dice un místico cristiano, que el desorden de las pasiones, la distraen el verdadero y auténtico objeto de su amor; por esa razón, el alma se empeña en purificarse, para poder apreciar con mayor claridad, el rostro auténtico del Amado”. Quien asume el proceso de curación del alma, puede contemplar con mayor autenticidad el rostro del Amor, que el ser mismo de Dios. La verdad de Dios aparece, con mayor claridad, en el horizonte de nuestra vida, cuando hemos lavado, purificado, curado y sanado las heridas de nuestra alma.

    El siguiente cuento Zen nos ilustra la importancia de la purificación del alma para gozar de la verdadera sabiduría que consiste en dejar el mundo del dolor para entrar en el mundo de la alegría permanente. “El maestro estaba de un talante comunicativo, y por eso, sus discípulos trataron de que les hiciera saber las fases por las que había pasado en su búsqueda de la divinidad. Primero, les dijo, Dios me condujo de la mano al País de la Acción, donde permanecí una serie de años. Luego volvió y me condujo al País de la Aflicción, y allí viví hasta que mi corazón quedó purificado de toda afección desordenada. Entonces fue cuando me vi en el País del Amor, cuyas ardientes llamas consumieron cuanto quedaba en mí de egoísmo. Tras de lo cual, accedí al País del Silencio, donde se desvelaron ante mis asombrados ojos los misterios de la vida y de la muerte. ¿Y fue ésta la fase final de tu búsqueda? le preguntaron. No, respondió el Maestro,… Un día dijo Dios: Hoy voy a llevarte al santuario más escondido del Templo, al corazón del propio Dios… Y fui conducido al País de la Alegría. “ Cuando el alma se purifica de sus afecciones desordenadas experimenta la alegría, aquella de la que san Romero de América decía: “la que nada ni nadie nos puede nunca arrebatar”

    Cuando purificamos nuestro corazón, de todo aquello que en él nos descentra de Dios, podemos alcanzar la unión con Dios. Una unión que se va realizando día a día, hasta que nos acercamos a la unión definitiva, aquella, en la que, en lugar de estar rodeados por el fuego, como tronco de leña que apenas se está encendiendo, pasamos a ser el fuego mismo. En la unión del fuego con el leño, llega un momento, donde no se sabe que es leño y qué es fuego. Ambos, son lo mismo, se contienen. Cuando podemos gozar de la experiencia de sentirnos uno con Dios, hemos encontrado, nuestro más profundo centro y todo lo que nace de ese centro es profundamente amoroso y beneficioso para todos.

    Dice José María Olaizola: “Tal vez, al conocerte, te quiera retener en mi casa, a mi mesa, apresando el instante. Tú te irás, de nuevo, dejando en mi pecho el fuego de mil hogueras, y la alegría de un reencuentro”.

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