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miércoles, 29 mayo, 2024

    Prescindir…

    Sin darnos cuenta, cada uno de nosotros aprende a vivir con las imágenes internas que, a diario, crea de la vida, de las circunstancias, de las relaciones y, especialmente, de Dios. Las imágenes tienen la capacidad de despertar en nosotros emociones, recuerdos, pensamientos, etc. Aunque nos parezca extraño, las imágenes que hay en nuestra alma moldean nuestra vida, la dirigen. Las imágenes internas favorecen la coherencia entre el mundo interno y externo. Lo que sucede afuera, está en consonancia con las imágenes que llevamos dentro. Carmen Sánchez nos dice: “las imágenes internas que nos creamos en nuestra vida tienen un poder muy grande puesto que se han asociado a acontecimientos que han marcado nuestra vida ya sea positivamente o que nos están limitando de modo consciente o inconsciente”. Un trabajo terapéutico y espiritual exitoso logra ponernos en contacto con las imágenes que hay en nuestro interior, nos ayuda a recrearlas, a redefinirlas y a resignificarlas.

    Algunas imágenes favorecen nuestro crecimiento. En la medida, que entramos en contacto con ellas, la vida toma un tono y un rumbo diferente.  También hay imágenes que nos paralizan. Estas imágenes son una fuente permanente de tensión y de conflicto en el alma. Son estas imágenes las que nos conviene transformar, sí queremos llevar una vida diferente. A veces, el temor a modificar las imágenes internas alcanza una tonalidad afectiva tan intensa que, en lugar de prescindir de ellas, las reforzamos. Nada hay que nos encadene más a una imagen que el rechazo de la misma. Aprendemos a fluir, cuando nuestras imágenes internas son modificadas y aprendemos a prescindir de la fuerza que hay en ellas y que nos atemoriza, paraliza e impide crecer. La sabiduría Zen  nos cuenta la siguiente historia: “Había un general que estaba en casa apreciando su colección de antigüedades, cuando de repente casi se le cae un precioso jarrón. ¡Oh! ¡Qué susto! Pensó: “Ya he dirigido millares de soldados, enfrentando diversas situaciones de vida o muerte y jamás me atemoricé. ¿Por qué será que hoy por causa de una vasija me asusté de esa manera?” Finalmente, él comprendió que el hecho de tener en su mente “deseo y rechazo” era la causa de su miedo. Entonces simplemente arrojó la valiosa vasija y la quebró”. Cuando prescindimos de lo que hay en nuestro corazón, el alma se libera de aquello que la atormenta.

    Las imágenes son creadas por el pensamiento como respuesta a la percepción o, juicio, que el corazón hace de la realidad. La realidad es pensada de acuerdo a lo que hay en el corazón. Nos dice Karina Pereira, Consteladora familiar, “las imágenes internas son las que nos proveen el permiso para actuar o no, él que no actúa debe algo a su sistema familiar, generalmente a su madre. La mayoría de los problemas son fantasías, los soñamos. Por tanto, para solucionarlos sólo necesitamos despertar. Por despertar entendemos la capacidad de darnos cuenta: la realidad que existe, ha sido creada por nosotros mismos, por nuestras percepciones. Cuando tomamos consciencia, podemos prescindir de lo que nos paraliza. Continúa diciendo Karina: “Casi todos los problemas se resuelven cuando hacemos un giro de 180º, o lo que es igual, cuando somos capaces de hacer algo completamente diferente a lo que hemos hecho. El problema implica que hemos hecho algo, hemos intentado solucionarlo inútilmente y ahora necesitamos ayuda”. Salimos de las imágenes internas que nos agobian cuando nos liberamos del sentimiento que se genera en nuestra alma cuando decidimos ser nosotros mismos y, en consecuencia, apartarnos de lo que le resulta difícil asimilar al sistema familiar del que somos parte.

    En el Evangelio de Lucas, encontramos una escena donde las imágenes muestran la fuerza que tienen. “En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora. Jesús tomó la palabra y le dijo: Simón, tengo algo que decirte. Él respondió: Dímelo, maestro. Jesús le dijo: Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: Has juzgado rectamente. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados están perdonados. Los demás convidados empezaron a decir entre sí:¿Quién es éste, que hasta perdona pecados? Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz” Los juicios hacia los demás nacen de nuestras imágenes internas. En realidad, no juzgamos a nadie, nos juzgamos a nosotros mismos.

    Siguiendo las enseñanzas del maestro Eckhart, podemos decir que nuestra alma es autodirigida por las imágenes internas que tenemos de Dios. Lo que el maestro Eckhart llama abandono no es otra cosa que el esfuerzo que el alma hace por prescindir de las imágenes que tenemos de Dios y, por esa razón, nos impiden una relación libre con Él. Nosotros, somos creados a imagen y semejanza de Dios; lo que Dios tiene en su corazón, cuando está moldeando al primer ser humano, es lo mismo que tuvo cuando fue creando cada cosa forma parte de su creación, amor. Dios pone en todas las cosas creadas, lo que guarda en su interior, amor. Así que, cuando Dios mira su obra, lo hace desde el amor. En cambio, nosotros, apartados del amor de Dios, juzgamos y condenamos porque en nuestro corazón, nos juzgamos y condenamos. Esta es la actitud que asume el fariseo, cuando ve a la mujer que derrama perfume y besa los pies de Jesús. Según la imagen interna que el fariseo tiene de Dios, un profeta no se deja tocar por una mujer pecadora. En su interior, es posible, que el fariseo crea firmemente que Dios aparta de su vista el pecador; en cambio Jesús, ve en la mujer a alguien con el deseo firme de entregar adecuadamente su amor a quien le valora, respeta y trata con dignidad. En su interior, Jesús tiene la imagen de Dios como Aquel que acoge, muestra compasión y perdona. Cada uno de nosotros actúa según la imagen interna que tiene de la circunstancia que está viviendo.

    Nos dice Anselm Grun, explicando las enseñanzas del maestro Eckhart: “cuando Dios nace en nosotros, cesa el afán de nuestro Ego por utilizarle en beneficio propio. Y a la inversa: cuando renunciamos a nuestros pensamientos sobre Dios, cuando nos desprendemos de las imágenes que nos formamos de Dios, entonces damos a Dios la posibilidad de llegar a nacer en nosotros. El nacimiento de Dios en nosotros significa que nos entregamos total y absolutamente a Dios”.

    Solo cuando prescindimos de los afanes de nuestro Ego podemos conectar con las auténticas y verdaderas imágenes de Dios y, en consecuencia, nos podemos configurar con Él, dejar que sea en nosotros y nosotros ser en Él. Prescindir del amor a nosotros mismos, narcisismo, para abrirnos al amor de Dios, nos cura del aislamiento en el que el dolor nos mantiene.

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