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martes, 25 junio, 2024

    Mirar con atención

    Un joven se acerca al maestro y le dice: maestro, ¿cómo puedo liberarme del sufrimiento que atormenta mi alma? El maestro, un anciano reconocido por su sabiduría, le dice: ve, trae un vaso con agua y un puñado de sal. El joven sale corriendo, hace lo que el maestro le pide. Cuando regresa, se sienta junto al maestro. Apenas, el joven termina de acomodarse, el maestro le dice: echa la sal en el vaso de agua, revuelve y toma. ¡Qué asco! Dice el joven. El maestro, de nuevo le dice: ve y trae más sal. Cuando el joven regresa, el maestro lo lleva a un lago que está cerca de la cabaña donde vive. Cuando llegan al lago, el maestro le dice al joven: echa la sal en el agua, revuelve y toma. El joven hace lo que el maestro le ordena. Apenas, el joven termina de beber, el maestro le pregunta: ¿a qué sabe?, el joven respondió con una sonrisa: trae frescura al alma. Ambos, se sientan al borde del lago en silencio y contemplan todo lo que la vista puede abarcar. Después de un rato, el maestro toma la palabra y dice: el dolor existe, nadie puede negarlo. Pero, todo depende de donde colocamos el dolor. Cuando sientas dolor en tu alma, aumenta el sentido de todo lo que está a tu alrededor; si te conviertes en un vaso, el dolor llenará tu vida de amargura. En cambio, si lo llevas a algo más grande, amplio y sereno, como Dios, el dolor se convertirá en una experiencia incapaz de hacerte daño.

    La mística nos ayuda a transformar el dolor en una experiencia que nos transforma, nos conecta con la fuente interior de sabiduría.  La mística nos ayuda a salir de la pequeñez y a conectar con la grandeza de la vida y de lo que nos rodea. En muchas ocasiones, el dolor nos lleva a experimentar una gran división interna. Nos sentimos rotos y divididos entre el cielo y la tierra, entre el Espíritu y el instinto. La mística nos hace experimentar la unidad entre nosotros y Dios; es decir, la relación con Dios, nos ayuda a saber que todo lo que nos rodea es más grande, amplio y sereno que el dolor que nos está tocando en el alma. El dolor intenta empequeñecernos y amargar nuestra existencia. Nos llenamos de ira cuando el dolor aparece porque lo hemos puesto en un vaso pequeño, el de nuestro Ego. Cuando nos permitimos sentirnos una sola realidad con Dios, principio y origen de todo lo que existe, fundamento de la existencia humana, el dolor cede. Este camino de contemplar la unidad que somos con Dios, es, ante todo, espiritual, no psicológico. La experiencia de la divinización de nuestro ser, pertenece al ámbito de la espiritualidad mística, no es el resultado de un proceso psicológico. Lo espiritual sana lo psicológico.

    Los padres griegos de la Iglesia, según nos cuenta la historia de la mística, invitaron a los creyentes cristianos a contemplar el misterio de la encarnación como el principio de la divinización del ser humano. En la doctrina de estos padres, el ser humano llega a ser él mismo, alcanza su plenitud, cuando se hace uno con Dios. El ser humano que contempla a Dios, se convierte poco a poco, en la imagen que contempla. La espiritualidad oriental insiste en lo siguiente: la contemplación nos convierte en la imagen que contemplamos. Al fin y al cabo, nuestra psique está poblada de las imágenes que hemos almacenado en ella. Así que, la invitación de los padres griegos es coherente. Dios se hace presente en el ser humano que lo contempla, que le ha dado el sí a su vida como es y a la divinidad como fundamento de su existencia. Cuando Dios se convierte en el horizonte de nuestra existencia, su grandeza absorbe nuestro dolor.

    En los padres Griegos, la verdadera relación con Dios es la que nace de la contemplación. Cuando contemplamos, nos divinizamos, dice Orígenes. Cuando contemplamos a Cristo, nos dicen los padres griegos, nos convertimos en otros Cristos, somos divinizados. Para alcanzar el objetivo de llevar grabada en nosotros la imagen de Cristo el camino a seguir es: el conocimiento de sí, el objetivo de este conocimiento es reconocer que la verdadera sabiduría proviene de Dios. La comprensión de sí, la desconexión con nosotros mismos genera dolor y nos empuja a dañar a otros. Por último, el alma herida de amor que busca la causa de esa herida. Nos dice Anselm Grun: “desde Orígenes, la mayoría de los místicos cristianos utilizan el lenguaje erótico para expresar el anhelo de Dios que tiene el alma de vivir unida a Él”. Todo lo que el cuerpo siente, nos dicen los místicos, es lo que el alma siente cuando desea el encuentro con Dios. Los movimientos del alma se comprenden a través de los movimientos del cuerpo.

    La verdadera contemplación, nos dice san Gregorio de Nisa, consiste en dirigir nuestra mirada a Dios y nunca dejar de mirarlo. Recordemos, cuando hablamos de Dios, hacemos referencia al fundamento de nuestra existencia. Para Jesús, el fundamento de su existencia está en anunciar que Dios es el Padre lleno de compasión y misericordia hacia sus hijos. Esta es la manera de amar que define a Dios. Dios es la fuerza que nos hace experimentar el gozo de vivir. Esa fuerza puede ser el amor, la bondad, la lealtad, la reconciliación, la sabiduría, etc. En todo caso, Dios es la fuerza que consuela y da plenitud, que nos rescata del pecado y nos acompaña, que nos levanta cuando estamos derrumbados y nos llena de confianza en nosotros mismos. El ser consciente de la presencia de Dios en su vida no teme la oscuridad cuando camina en medio de ella. Al contrario, sabe que Dios es la luz que ilumina la oscuridad, la fuerza que lo sostiene en la debilidad y la luz que lo ilumina cuando la ceguera e incertidumbre se apoderan de su vida. Dios es la presencia que experimentamos, cada vez que, nos sentimos reconciliados con nosotros mismos.

    “Escuché de ti mi nombre como nunca antes. No había en tu voz reproche ni condiciones. Mi nombre, en tus labios, era canto de amor, era caricia, y pacto. Con solo una palabra, estabas contando mi historia. Era el relato de una vida, que, narrada por ti se convertía en oportunidad. Descubrí que comprendías los torbellinos de siempre, las heridas de antaño, las derrotas de a veces, los anhelos de ahora, y aún sin saber del todo en qué creía yo, tú creías en mí, más que yo mismo. Así, mi nombre en tus labios rompió los diques que atenazaban la esperanza” (José María Olaizola).

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