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miércoles, 12 junio, 2024

    En el más profundo centro

    En el poema, llama de Amor viva, san Juan de la Cruz escribe: ¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres, de mi alma en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva, acaba ya si quieres, ¡rompe la tela de este dulce encuentro! ¿Qué significa la expresión: el más profundo centro? Santa Teresa nos dice: “más profundo centro es donde habita lo más íntimo de nuestro propio yo, silencio del alma en el que Dios mora”. Según lo anterior, el “más profundo centro” significa alcanzar la madurez en la identidad y en la relación con Dios. Cuando alcanzamos ese “más profundo centro” nuestra vida se transforma; en lugar de servir al Ego, nos hacemos esclavos del amor, utilizando expresiones de la Santa de Ávila, y nuestra vida es participación en la vida del resucitado; es decir, nuestros valores se transforman y nuestra misión es trabajar por la reconciliación del ser humano consigo mismo y con Dios. El signo más visible de esta vida es la consciencia de ser nosotros mismos.

    La madurez humana se expresa, entre otras cosas, en la consciencia de que existe una fuerza superior, trascendente, que le da sentido a la vida porque la abarca. Cuando esto sucede, el ser humano que ha madurado se encuentra ante el arquetipo de Dios. Bernardo Peña, psicólogo, escribe: “El arquetipo de Dios contiene la carga psíquica que nos hace intuir con todas nuestras fuerzas que existe un Creador, un Sentido Trascendente, una Inteligencia Cósmica u Orden Superior. Como el resto de los arquetipos, esta carga psíquica se proyecta al exterior, sobre nuestro mundo, nuestra vida, nuestra cultura, y nos relacionamos con ella conforme a un conjunto de ritos, mitos, leyendas y símbolos que nos permiten sujetarnos a este arquetipo”. Desde el punto de vista psicológico, el ateísmo no existe. Nuestra psique está programada naturalmente para creer. El arquetipo de Dios le da sentido a la vida y, por esa razón, tiene diferentes formas; la mayoría de ellas, por fuera del ámbito religioso.

    Según la psicología profunda, “nuestro centro más profundo es el arquetipo del Sí Mismo. Para Jung, Cristo es el símbolo del Sí Mismo en occidente y Buda, en Oriente. En el libro símbolos de transformación, Jung escribe: “Cristo, como héroe y hombre-dios significa psicológicamente el Sí-Mismo; representa la proyección de este arquetipo, el más importante y central de todos. Funcionalmente, le corresponde la significación del “señor del mundo interior”, de lo inconsciente colectivo. Como símbolo de la Totalidad, el Sí-Mismo es una “coincidentia oppositorum”; por lo tanto, entraña a la vez luz y tinieblas. En la figura de Cristo se han separado los contrarios unidos en el arquetipo: por una parte, el luminoso Hijo de Dios; por la otra, el diablo. La unidad originaria de los contrarios puede reconocerse todavía en la unidad primitiva de Satanás y Yahvé. Cristo y el dragón del Anticristo se parecen enormemente en la historia de su aparición y en su significación cósmica…”

    El arquetipo del Sí mismo es el Dios que habita en nosotros y representa la fuente de donde mana nuestra energía interior. Hablar del más profundo centro significa hacer referencia a la fuente interior de donde surge todo nuestro potencial psíquico. Algunos, llaman a este más profundo centro el Cristo Interior. El Sí mismo es quien activa el proceso de individuación. En otras palabras, el deseo de ser nosotros mismos, de separarnos de las identificaciones, que hemos construido, en nuestro afán de conquistar amor y reconocimiento, proviene del Sí mismo. El Sí Mismo activa las imágenes de aquello en lo que deseamos convertirnos. El peligro subyacente, al proceso de ser nosotros mismos, es la identificación del Ego con las imágenes del Sí Mismo y, terminar convirtiéndose en el profeta enviado por Dios, en el Gurú infalible, en el líder déspota e intocable.

    Hallar el más profundo centro, nos remite al deseo humano más profundo que existe: “la unión con Dios”. Esa unión con Dios tiene diferentes imágenes. Cada religión o espiritualidad tiene una imagen concreta para expresar la entrada de lo humano en la esfera o mundo de lo divino. Hablar del Reino de los cielos, del Nirvana, del Atmán; entre otras, es hacer referencia a ese deseo profundo que existe en cada ser humano; de manera consciente, en el que trabaja por ser él mismo y, de manera inconsciente, en el que va por la vida, sin preocuparse de darle sentido a su existencia. Sea como sea, al final, se impone en la consciencia humana la certeza de una fuerza que origina, une, organiza y da sentido a todo lo que sucede en el Universo. La divinidad se hace presente en el mundo de diversas formas y según la capacidad del ser humano de contemplar y comprender. En el ser humano habita, desde sus orígenes, un deseo profundo de conocer, amar y vivir en Dios.

    En la oración, nosotros reconocemos la esencia de Dios y, también la nuestra. Además, crecemos en la consciencia de ser uno con Dios. A través de la oración descubrimos que estamos íntimamente unidos a Dios. Nada nos puede separar de Él. Los evangelios, de diferentes maneras, nos revelan cómo se desarrolla nuestra unión con Dios y cuál es la fuerza que brota de esa relación tan estrecha que existe. Para Mateo, por ejemplo, Dios es esencialmente Padre, es la fuerza que nos lleva a obrar. Nuestras acciones son la manifestación de la relación que tenemos con el Padre. El mal vínculo con el Padre se muestra en la injusticia, en el deseo de hacer mal al otro, de aprovecharse del sufrimiento y la desgracia en la que el otro se encuentra. El buen vínculo con el padre nos lleva a la búsqueda de la reconciliación, a cuidar del mundo y del corazón roto, a trabajar por la justicia. Nuestra unión con Dios, según Mateo, se muestra en la forma como obramos.

    “Aquí estamos, Señor Jesús: juntos en tu búsqueda. Aquí estamos con el corazón en alas de libertad. Aquí estamos, Señor, juntos como amigos. Juntos. Tú dijiste que estás en medio de los que caminan juntos. Señor Jesús, estamos juntos y a pie descalzo. Juntos y con ganas de hacer camino, de hacer desierto. Juntos, como en un solo pueblo, como en racimo. Juntos como piña apretada, como espiga, como un puño. Danos, Señor Jesús, la fuerza de caminar juntos. Danos, Señor Jesús, la alegría de sabernos juntos. Danos, Señor Jesús, el gozo del hermano al lado. Danos, Señor Jesús, la paz de los que buscan en grupo… Juntos en tu búsqueda, Señor. ¡Señor de los encuentros! A pie descalzo en oración sincera. ¡Señor de los caminos! Empeñados en esta aventura apasionante. ¡Señor del misterio! Aquí estamos sabiendo que Tú también estás con nosotros. Porque Tú, Señor, te manifiestas al que te busca; porque Tú, Señor, eres la fuerza del que te encuentra”.

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